Cuentos semanasanteros. LA PARELLA DEL CRISTO. (II PARTE)

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II

De no haber sido fiesta aquel Viernes Santo, hubiera dejado recuerdos dolorosos en el Cabañal. A la madrugada se desencadenó una tormenta enorme. Caía el agua como en un diluvio, y el huracán amenazaba hasta con levantar de cuajo los tejados. Gracias a que por la fiesta todos los marineros dormían en sus casas, y las parejas del bou vieron el temporal a distancia desde sus amarres del puerto.

Pero las fiestas se habían deslucido. Durante toda la mañana, las comparsas de Sayones, Granaderos y Vestas, esperaban en sus cuarteles a que la lluvia cediera y permitiera organizar la procesión de los Pasos. Pero no llevaba trazas de ceder.

Sin embargo debían consolarse. ¡Peor hubiera sido que aquella tormenta les hubiera pillado en el Cabo de San Antonio! ¡Aún debían dar gracias a Dios!

Ya cerca del mediodía se circuló la orden de que la procesión de la mañana quedaba suspendida pero que a la tarde, si mejoraba el tiempo, saldría el Santo Entierro.

Cesó luego la lluvia, pero el viento seguía con furia huracanada. El mar estaba imponente. Se alzaban en él verdaderas montañas de agua y la playa estaba por completo inundada.

Por la tarde, a la hora acostumbrada, esperaban en la plaza de la Iglesia todas las comparsas el momento de organizar el Entierro. Cada una hizo alto en el lugar más apropiado para que sin alteración alguna poder ponerse en marcha procesionalmente.

Junto a la misma puerta del templo también esperaban vestidos con sus largas y almidonadas túnicas albas, quienes habían de llevar a hombros el Sepulcro. Eran hombres fornidos que sin interrupción, año tras año, acudían voluntarios a cumplir esa misión. Algunos daban así cumplimiento a algún voto ofrecido en momentos de peligro sorteado felizmente, y otros ocupaban sus puestos siguiendo una tradición familiar iniciada desde hacía varias generaciones.

También Sento había acudido pero no estaba entre los demás. Por no tropezarse con su hermano, entró en el templo. Cuando lo vió el Pare Lluís y comprendiendo lo que en aquellos momentos luchaba aquel espíritu le habló así cariñosamente:

-¿Está fuera Carmelet, verdad? ¿Por no tropezarte con él has entrado? Has hecho bien. El templo es el gran asilo para las almas atormentadas. Pero ya que has venido a la Casa de Dios, quiero que conozcas el remedio que Él da para estos casos. Y el viejo sacerdote tomando un pequeño libro, leyó: “Cuando llegues a presentar tu ofrenda en el altar si te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja allí mismo tu ofrenda delante del altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano y después vuelve a presentar tu ofrenda”. Quiere esto decir que no son agradables las ofrendas a Dios, si, quien las hace, abriga en su alma sentimientos de rencor y odio contra alguien…

Un monaguillo avisó que la procesión ya organizada se iba poniendo en marcha. Aumentaba el nublado y si no aprovechaban los minutos se iban a quedar también sin Entierro.

Las puertas de la Iglesia se abrieron y a hombros de catorce hombres, vestidos con albas túnicas, avanzó el Santo Sepulcro a los sones de una marcha fúnebre. Eran catorce los portadores y aún tenían que realizar bastante esfuerzo. El empuje del viento les hacía más pesada la conducción. La amenaza de lluvia se hacía cada vez más visible. No obstante la procesión avanzó.

-¡Aprisa, aprisa! Gritaba Chamusa el sacristán para que aceleraran la marcha. ¡Nos vamos a quedar sin Entierro!

Había avanzado la procesión tan solo unos quinientos metros cuando la torrencial lluvia de la mañana se desencadenó de nuevo. Relámpagos, agua, viento impetuoso, y la carencia absoluta de luces que el viento apagaba, daba un aspecto macabro a la procesión.

Imposible llover más. Se habían abierto todas las cataratas del cielo. El agua, empujada por el viento, azotaba caras y cuerpos haciendo imposible hasta el caminar.

¡Atrás, atrás! Gritaban todos para quienes llevaban a hombros el Sepulcro volvieran a la Iglesia. ¡Se iba a destrozar el anda!

Las blancas y almidonadas túnicas chorreaban. Caminaban con los pies metidos en enormes charcos y el viento y el agua les sacudían el cuerpo produciéndoles una verdadera e irresistible sensación de frío que les llegaba a los huesos. Algunos no pudieron resistirlo y abandonaron su puesto.

Como pudieron, a costa de enormes esfuerzos, el Sepulcro volvió a la Iglesia. Pero cuantos estaban en ella pudieron contemplar asombrados, que solo dos hombres sostenían el enorme peso de aquella mole, y que tras ellos el Pare Lluís con sus ropas áureas empapadas en lluvia, era la única custodia del Santo Sepulcro, en medio de aquella desvandada que el temporal había provocado.

¡Milagro, milagro, exclamaron todos! Y así corrió el suceso de boca en boca y de generación en generación.

Fuera o no un milagro aquel prodigio de fuerza y resistencia que se operó en los cuerpos de aquéllos dos robustos marinos, lo cierto fue, que desde entonces, se reconciliaron para siempre, y también que las dos barcas que un día rompieron la pareja, no volvieron a salir separadas a la mar. Desde entonces en cada una de ellas, bajo sus respectivos nombres, Sento y Carmelo, pudieron todos cuantos vivieron entonces ver pintado un Sepulcro de Cristo. Por eso se conocían en la playa aquellas dos barcas con el nombre de “La parella del Cristo”.

José Ballester Y Gozalbo

Libro Oficial de la Junta Mayor de la Semana Santa Marinera de Valencia 1929.

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